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viernes, 15 de junio de 2012

Las dudas de Descartes






Escrito por Sera extraìdo textual de elvuelodeantares.com

Es seguramente el hombre un animal de costumbres, y cuando se acostumbra a un ritmo, le cuesta cambiar el paso. Nuestro refranero tiene ejemplos bastante claros en ese sentido; ¿quién no ha oído eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer? Es bastante cierto que uno se acaba acostumbrando a la rutina, por eso a la hora de enfrentar nuevos proyectos, de abordar nuevas perspectivas, quien más y quien menos tiene sus reticencias, sus miedos quizá.

DescartesSeguramente Platón expresó esta misma idea de una forma más literaria en el Mito de la caverna, cuando venía a decir que aquellos hombres que habían permanecido atados durante toda su vida en el fondo de la caverna viendo sombras, harían sin embargo cualquier cosa para evitar que alguien los desatara y les obligara a salir en busca de un mundo nuevo y más real.


Hago esta reflexión porque quiero pensar que no debió ser nada fácil para el hombre de finales de la Edad Media asimilar que la visión del mundo que había estado vigente durante buena parte de la misma, se venía casi literalmente abajo. La vieja física aristotélica era cuestionada y poco tiempo después claramente superada por pensadores como Copérnico y Galileo.

Resultaba ahora que el modelo aristotélico-ptolemaico aparecía como erróneo. La tierra ya no era el centro del universo, ni tampoco estaba quieta. Fueron seguramente muchos los obligados a dejar las sombras de la caverna y afrontar con sus entumecidos ojos la nueva luz que empezaba a iluminar el mundo. Pero eso no era tarea fácil.


Es evidente que había intereses en contra del  nuevo modelo. A la Iglesia le interesaba infinitamente más un escenario en la que la tierra era el centro del universo, y por ende, de la Creación. Pero es indudable que también hay mucho de lo que hemos apuntado antes: cuesta asimilar que aquello en lo que se creía firmemente no es como uno pensaba.

Modelo del Universo de AristótelesEn un acontecimiento tan relevante desde el punto de vista del conocimiento humano, como es un cambio de paradigma, es decir, un cambio en la forma de ver el mundo y de entender la ciencia, hay mucho intelectual que se queda necesariamente por el camino; es decir, ante un cambio de paradigma, el desconcierto y, como consecuencia, el escepticismo, son consecuencias poco menos que inevitables.
Pensemos que ya en el siglo XVI aparecen escépticos relevantes como pueden ser Michel de Montaigne o Francisco Sánchez. Pero de alguna forma se puede afirmar que si hay una época que acusa ese golpe a la vanidad del hombre, es sin duda el siglo XVII, el siglo del Barroco.
Es el Barroco una época de desconcierto, de duda, de no saber muy bien a qué atenerse y por tanto, de pesimismo. Salvo la fugacidad de la vida  ̶ que deberá, en consecuencia, ser bien aprovechada y la rápida llegada de la muerte con su receta equitativa ̶   poco más es seguro. Según Calderón la vida es sueño, pero claro, los sueños… sueños son. Como vemos éste es un tema propio de la época, y la filosofía ha de enfrentarse a él con uñas y dientes, o si queremos, razón y experiencia.

La filosofía ha tenido que ver cómo en ese momento la ciencia se convierte en un saber rutilante que alcanza cotas que están muy lejos de sus posibilidades. Es verdad que intenta seguir el camino de la ciencia, pero eso no es nada fácil y además está ese problema del desconcierto, de la duda, del miedo a equivocarse, que necesariamente ha de hacer mella en un saber que se las ha de ver cara a cara con la totalidad de lo real; un saber que tiene como misión encontrar para el hombre ni más ni menos que un lugar en el mundo, orientarlo. Justamente eso que ahora, más que nunca, la filosofía no está muy segura de poder hacer.

Precisamente por todo eso la filosofía parece replegarse sobre sí misma, y entiende que tiene una tarea primordial que cumplir: el análisis y estudio de nuestro conocimiento. No me atrevo a decir que renuncie al conocimiento del mundo, pero sí parece cierto que, antes de eso, es necesario saber cómo, cuánto y en qué medida conocemos.

Y, en esas, nos encontramos a Descartes, atormentado por la duda y buscando un método que nos permita, como hombres en plena oscuridad, caminar despacio, muy despacio, pero seguros.



El método que Descartes va a utilizar toma como modelo las matemáticas y la deducción. Parece heredero, en ese sentido, del método de Euclides, y la idea sería deducir los conocimientos a partir de unas primeras verdades ciertas e indudables. Pero, como venimos diciendo, verdades indudables tenemos pocas; lo que si tenemos es dudas, muchas. Y aquí, Descartes, con fina habilidad, decide hacer un poco de la necesidad virtud, y utiliza la duda para acabar con ella. Esto quiere decir que la duda en Descartes se convierte en un momento del método, es decir, Descartes va a dudar, y mucho, todo lo que pueda; pero lo va a hacer para ver si consigue encontrar alguna verdad que escape de esa duda, y la utilizará como punto de partida en el proceso de deducción.

Y aquí quería llegar yo, a la duda. Porque, a pesar de lo que decíamos, en el sentido de que, paradójicamente, la misión de la duda parece ser encontrar una verdad,  cuando uno se pone a pensar con calma en el desarrollo de esa duda por parte de Descartes, decir que se ponen los pelos de punta es poco, porque el francés (y es que hay que ver cómo son estos franceses) se suelta unos interrogantes filosóficos que hacen falta arrestos de verdad para ir a por ellos.

Por simplificar el asunto  ̶ y a partir de aquí también digo que me perdonen los puristas por tantas y tantas cosas ̶   Descartes desarrolla la duda en tres niveles básicos. El primero de ellos consistiría en dudar de las falacias de los sentidos.




Visión en Descartes
Descartes era un filósofo racionalista, y para él la razón es la única fuente fiable a la hora de alcanzar el conocimiento. El pensador francés era muy consciente de que los sentidos nos engañan a menudo; y de ahí que recurra a ellos lo menos posible en sus deducciones, y cuando lo hace se asegura de que sus datos puedan tener como garante de los mismos a la razón.

Hoy, varios siglos después, con los nuevos avances en el estudio de la percepción y del cerebro, sabemos que lo que decía el francés tiene mucho sentido. No es ya que nuestros sentidos nos engañen, cosa que evidentemente hacen de vez en cuando (todos hemos creído alguna vez ver u oír cosas que al final no estaban ahí, o no eran como habíamos pensado). Pero decía que no es ya sólo el hecho de que los sentidos nos engañen, sino que nuestro desarrollo perceptivo provoca que captemos el mundo de una manera totalmente distinta a como lo hacen otra especies. En realidad no hace falta recurrir a otras especies, sino que entre los mismos seres humanos se dan diferencias más que significativas en este contexto.

Pensemos por un momento en los sinestésicos. Son personas que nacen con la capacidad de unir sensaciones o de entrelazar los sentidos. Para ellos es normal ver colores cuando escuchan música, o sentir figuras geométricas al comer. Otros perciben sabores cuando oyen palabras. Hay, por cierto, muchas más formas de sinestesia.

La pegunta que nos surge es inevitable. ¿Cómo ven el mundo los sinestésicos? ¿Su mundo, su realidad, es como la nuestra? Evidentemente no; pero ya estamos aquí en un problema filosófico por excelencia y que no tiene una solución sencilla. ¿Cuál es la verdadera realidad? ¿La que vemos nosotros, o ellos?

El problema puede complicarse mucho más si lo deseamos. Existe una mutación que se da en algunas mujeres, no en hombres, y que se conoce con el nombre de tetracromía. Son mujeres que perciben cuatro colores básicos y no tres como la mayoría de nosotros. Sería fascinante ver el mundo por un tiempo como lo ven ellas, con una riqueza de colores y matices infinitamente superiores a los nuestros. Para ellas es normal, porque han nacido así. Pero si nosotros pudiésemos ver el mundo como lo ven ellas, fliparíamos en colores (nunca mejor dicho).

Puede que alguien me diga, y tendría razón, que para Descartes los colores son cualidades secundarias, subjetivas por tanto, y que él contempla como objetivas sólo las cualidades primarias, a saber: extensión y movimiento. Es cierto, pero nosotros no podemos quedarnos en eso, tenemos que hablar de nuestra forma de percibir el mundo, y por otra parte, siendo honestos, también habría que reconocer que los sentidos pueden engañarnos a la hora de percibir una determinada figura geométrica, o a la hora de saber que algo se está moviendo.


sinestesia

Pensemos un poco en lo que hemos planteado hasta aquí muy someramente. Hay personas que no perciben el mundo como lo hacemos la mayoría de nosotros. Los animales por supuesto tampoco. Hay aves y otros animales que tienen visión tetracromática. Las abejas, según dicen, no perciben el rojo, pero sí parte del ultravioleta. Esas flores que llaman su atención aparecen como totalmente distintas a su sistema perceptivo.

También sabemos que los animales pueden oír frecuencias que nosotros no captamos. La cuestión ya la planteamos antes: de entre todas estas “realidades” ¿cuál es la verdadera? O lo que es peor, ¿hay alguna de la que podamos decir que lo sea?